viernes, 23 de abril de 2010

Homenaje a la infancia


Por Eduardo Galeano


Homenaje a la astucia infantil

Durante la dictadura militar uruguaya, en una cárcel llamada Libertad, los presos no podían dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibió un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trajo un dibujo de pájaros. Los guardias se lo rompieron
a la entrada de la cárcel.

Al domingo siguiente, Milay le trajo un dibujo de árboles. Como los árboles no estaban prohibidos, el dibujo pasó. El padre le elogió la obra y le preguntó por esos circulitos de colores que aparecían en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:
-¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?
La niña lo hizo callar:
-Ssshhhh.
Y en secreto le explicó:
-Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros, que te traje a escondidas.


Homenaje a la diversidad infantil

En algún lugar del tiempo, más allá del tiempo, el mundo era gris. Gracias a los indios ishir, que robaron los colores a los dioses, ahora el mundo resplandece; y los colores del mundo arden en los ojos que los miran.

Mi amigo Ticio Escobar acompañó a un equipo de la televisión, que viajó al Chaco, desde muy lejos, para filmar escenas de la vida cotidiana de los ishir.

Una niña indígena perseguía al director del equipo, silenciosa sombra pegada a su cuerpo, y lo miraba fijo a la cara, de muy cerca, como queriendo meterse en sus raros ojos azules.

El director recurrió a los buenos oficios de Ticio, que conocía a la niña y entendía su lengua. Ella confesó:
-Yo quiero saber de qué color ve usted las cosas.
-Del mismo que tú –sonrió el director.
-¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?

Homenaje a la fantasía infantil

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco.

Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. Yo no podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Y súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras, me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo me mostró un reloj, dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima –dijo.
-¿Y anda bien? –le pregunté.
-Atrasa un poco –reconoció.




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